Chapter 9: 48 laws of power
Las sombras del otoño se alargaban mientras mis pasos crujían sobre las hojas secas, cada pisada resonando en la calma silenciosa del parque. El aire helado cortaba como una cuchilla, envolviendo mi mente en una neblina de pensamientos provocados por Las 48 leyes del poder de Robert Greene. Cada página de ese libro parecía revelarme verdades antiguas, desnudas y crudas, sobre la naturaleza humana, esas verdades que rara vez queremos aceptar. No podía evitar pensar que cada interacción, cada vínculo que construimos, estaba teñido de poder, de una danza constante donde incluso la sonrisa más cálida ocultaba una agenda.
Recordé, entonces, cuando leí por primera vez El Príncipe de Maquiavelo, y me di cuenta de cuán estrechamente las ideas de Greene resonaban con las de aquel astuto florentino. Maquiavelo advertía que el poder y la supervivencia no eran para los débiles; en la corte de los hombres, ser virtuoso sin astucia era casi un acto de ingenuidad. Pensé en cómo, desde mis quince años, yo misma había aprendido que la vida social se parecía a aquella corte maquiavélica, llena de sonrisas que ocultaban cuchillos. En ese mundo reducido del instituto, donde las amistades eran alianzas temporales y la confianza era un lujo peligroso, comencé a entender lo que significaba jugar ese juego.
Reflexioné sobre lo que Maquiavelo llamó la "virtù," esa capacidad para adaptarse al flujo constante del destino, para ser lo que las circunstancias exigían. La adaptabilidad, comprendí, era mi salvavidas en un entorno donde solo sobreviven los que saben mutar con rapidez. Algunos días era la chica divertida; otros, la estudiosa y reservada. Cambiar era mi escudo y mi espada, y aunque a veces me dolía la conciencia de no saber si algún rol era realmente mío, aprendí a verlo como una estrategia de supervivencia. Como decía Maquiavelo, "es necesario que el príncipe sepa bien emplear la bestia y el hombre," y yo también empezaba a dominar ese arte de doble filo, donde la honestidad era una moneda demasiado cara.
Pero ni Greene ni Maquiavelo preparan para la soledad que acompaña al poder. Ambos autores advertían sobre la desconfianza, sobre la necesidad de medir cada palabra, y eso se había vuelto mi mantra. Recordé el dolor de una traición reciente: aquella amiga que, por celos o simple descuido, había compartido secretos que le confié en momentos de vulnerabilidad. En lugar de enfrentarla, preferí jugar el juego de la verdad distorsionada, contando una versión sutil que la dejaba en mala posición, asegurándome de que la percepción de los demás se alineara con mi favor. Sentí el poder de controlar la narrativa, pero también la soledad que trae ganar en un juego donde el costo es la autenticidad.
Maquiavelo había dicho que "los hombres olvidan más rápidamente la muerte de su padre que la pérdida de su patrimonio." En ese instante entendí que mi "patrimonio" en esta metáfora era el control sobre mi entorno, sobre mi imagen y mis relaciones, y que no podía permitir que nadie lo amenazara. Ser querida o aceptada era secundario; lo primero, lo esencial, era no perder el equilibrio de ese tablero. Pero en mis noches más solitarias me preguntaba si, como advertía también Maquiavelo, no era el poder un precio demasiado alto.
Mientras avanzaba por el parque, observé a un grupo de jóvenes que reían y jugaban, ajenos a estas reflexiones, libres de la cautela que marcaba cada uno de mis pasos. Me pregunté si ellos también sentían la sutil presión del poder, o si vivían todavía en la inocencia. Quizás aún no habían leído a Maquiavelo ni a Greene, y vivían sin esa carga. ¿Era más sabia o simplemente más desconfiada?
Y entonces, una última reflexión me golpeó: tal vez Greene y Maquiavelo, a su manera, nos enseñaban más sobre la desconfianza que sobre el poder. Quizás el verdadero poder residía no en la habilidad de manipular y ganar, sino en la capacidad de ser fiel a uno mismo, incluso cuando las circunstancias parecían exigir lo contrario. Al final del día, Greene y Maquiavelo dibujaban los límites de un juego implacable, pero yo quería creer que aún quedaba espacio para la autenticidad, para esa fuerza silenciosa que resistía al viento helado y al crujir de las hojas.
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